Nota: esto empezó como un pensamiento y terminó como algo que siempre tuve adentro y quise decir sobre la adolescencia y la secundaria.
Alguien que fue durante su infancia y/o adolescencia una persona recluida, estudiosa, antisocial e independiente en demasía, puede —si se lo propone y le interesa— ser alguien social, conversador, divertido y extrovertido.
¿Por qué?
Porque alguien que creció siendo tomado por “el loco de mierda marginal” tiene la suficiente apreciación del entorno para saber cómo ser aceptado, por el simple hecho de que mantenerse al margen le permitió observar al resto por años. Sabe qué hacer para ser “cool” o qué debe cambiar. El problema que tiene es que los demás no lo consideran así y no ven su potencial, con lo cuál lo tienen encasillado en el papel del “nerd” o el “pelotudo” o el “loco marginal”.
Cuando llega el cambio de escenario, particularmente la facultad, la cosa es borrón y cuenta nueva. Chau. Se terminaron los prejuicios. Porque al llegar ahí todos caen en la cuenta de que no hay antecedentes. Son todos iguales. Sí, claro que se forman grupos y demás, la gente siempre hace eso, pero lo importante es que todos esos años de marginación se olvidan tras un par de meses o años de facultad. (Sobre todo en la UBA, donde ves gente de diversas clases sociales y te filtran constantemente, obligándote a repetir las mismas putas materias una, otra, y otra vez; y a conocer nuevas personas constantemente.)
Ahora bien, lo mismo no ocurre con el deportista “cool”.
¿Por qué?
Porque el deportista cool, o la rubia fashion, son parte de un ecosistema cerrado, compuesto por creídos. Ellos creen ser lo más top. En realidad no son nada. Pero no se van a dar cuenta de esto hasta llegar a la facultad, cuando se encuentren con otra gente y ya no tengan a sus amiguitos al lado. Estarán solos.
La diferencia clave entre ambos tipos de persona es que esta gente no sabe cómo manejarse independientemente en la facultad, porque jamás lo hicieron en la primaria o en la secundaria. No tienen ese instinto de arreglárselas solos. Estudiar solos. Hacer las cosas solos. No saben, no quieren o no pueden.
La gente que fue popular en la secundaria cuando llega a la facultad no es nadie, y la gente inteligente de la secundaria, en la facultad se vuelve “interesante”. Se sienten interesados por el cambio porque es diferente al infierno que tuvieron que bancarse por años.
Los papeles cambian, y así las cosas finalmente se arreglan. Los que sólo saben patear pelotas y hablar de lo que hay en MTV están al margen, y los que saben cómo aprobar la materia, están en el centro y son mirados por el resto como “los que saben”, atrayendo el interés. El que triunfa es ahora considerado el ganador, no un marginado o un loco.
Lo interesante de todo esto es que la persona que fue inteligente puede ser popular o extrovertida al madurar y tiene ambas cosas: el intelecto y la sensibilidad de un ser pensante, y el atractivo o el carisma de alguien más deportivo o hablador. (Asumiendo que al llegar a la facultad empieces recién ahí a hacer alguna actividad física y a hablar con la gente.)
Opuestamente, quien lo único que hizo fue hablar y hacer deporte durante su crecimiento, no desarrolló jamás sus capacidades mentales y por consiguiente no tiene la sensibilidad ni el intelecto de un ser pensante. Tampoco advierte esto, y aunque pudiera advertirlo, no sabría cómo solucionarlo ya que jamás necesitó ejercitar su intelecto para lograr nada.
Esto no es reversible: el boludito con músculos es sólo eso. El ser sensible y pensante puede ir a un gimnasio cuando crezca (y eso hacemos), pero el que nunca usó el cerebro, no tiene arreglo, por más musculitos o futbol que juegue como los dioses.
Esa es la diferencia clave.
Mensaje para el chico/a de diecisiete años que se siente deprimido/a o no le encuentra el sentido a la vida:
Algún día la secundaria terminará. Parece eterna, lo sé. Es una condena, lo sé. No sirve para nada y cuesta dinero. Mierda, si lo sabré yo. Pero termina. TER-MI-NA. Y cada día que volvés de ese antro a tu casa es un día menos que te queda soportar y es un día más cerca de llegar al ansiado final.
Son cinco años de mierda. De rutina, de tareas estúpidas, de amistades que terminan al finalizar quinto año —y a pesar del “amigos para siempre”—, de profesores que se la dan de amigos pero cuando los vas a ver no te dan ni la hora, de rechazo, sufrimiento y aprendizaje. En fin, son una cagada.
Pero van a terminar. Aunque te parezcan eternos, se terminan.
Y si alguna vez sentís que te gustaría mandar tu vida a la mierda de forma abrupta —vos me entendés—, pensá con la perspectiva de que tu situación actual es sólo un momento en la vida.
Son cinco años de mierda, pero son sólo cinco años. O doce, si contás también la primaria. Igualmente, se van a terminar. No vas a ser eternamente joven o eternamente adolescente ni papi o mami te van a mantener toda la vida. Ahora no lo ves, y te parece que todo tu mundo es ir al colegio y bancarte a la gente de ahí, pero a medida te acerques al final, a quinto año, verás que ese suplicio acabará y estará en vos ver qué mierda hacer con tu vida. Finalmente serás dueño y autor de tus días.
Te vas a dar cuenta que vale la pena vivir, contrario a lo que esos años y esa gente de mierda te habrán hecho pensar.
Suerte.