Finalmente, salimos del subte para darnos cuenta de que la lluvia se había largado. Pero el McDonald’s donde íbamos a degustar los McNuggets estaba ahí nomás, así que no hubo mucho drama.
Luego de hacer el pedido nos dirigimos al primer piso, desde donde veíamos a la gente de afuera buscar refugio alocadamente bajo los techos, como desgraciados.

Desde adentro, y cobijados bajo el calor del McDonald’s, observamos la escena como algo pintoresco. Le comenté a ella lo interesante de la ventana que estábamos mirando.
Dependiendo de qué lado de la ventana estuvieras, estabas mojado y frío, esperando que la tormenta pasara; o calentito, comiendo, y disfrutando del show, queriendo que la tormenta no parara nunca porque era una linda imagen.
En fin, retomando el objeto de este artículo, te presento los McNuggets.

De izquierda a derecha: los McNuggets, la hamburguesa de mi novia que ni probé, y la Coca enorme compartida porque “no teníamos tanta sed”.
Los McNuggets vienen en una linda cajita de cartón pintado berreta, cosa de que no te olvides que estás en McDonalds, donde la idea central es minimizar costos para maximizar utilidades.
Son ricos, pero curiosos. Si uno los observa, los McNuggets parecen ser una suerte de trozos duros de pollo, fritos u horneados. Aunque me parece que eran fritos. Pero no tienen la textura de una pechuga de pollo, a pesar de que el color blanco de la carne es exactamente el de una pechuga de pollo. Es como si hubieran preparado una masa de pollo y luego cortado esa preparación en trozos redondeados similares, para luego freírlos. Esa es mi tesis.
Esa delicia que estaba tentado en probar nos arrebató 12 pesitos de los bolsillos. Pero no me arrepiento, estaban buenos. (Bah, y aparte esta vez no me tocaba pagar a mí.)
Pero luego de esta comida tenía antojo de algo dulce. Así que me dirigí abajo, al McCafé, para ver si habría algo para satisfacer mis ansias. Quizá un espesso y una cookie.

Bueno, me convenciste.
Mi novia no quería café, así que nos dividimos la cookie mientras me encargaba de endulzar el posillito de café con los obligatorios tres sobres.
Luego surgió un debate sobre cómo agarro la—ridículamente minúscula—tacita.

Es jodido agarrarla porque el haza es muy pequeña. Entonces la sostengo con los dedos gordo e índice, buscando mantener el equilibrio en una parsimonia que más parece un acto de circo que el simple hecho de tomar café.
Una idea para las cafeterías: sirvan media taza de café en una taza grande, con un haza que te permita agarrarla como corresponde, evitando que la experiencia se convierta en una lucha o un desafío. No quiero un reto, quiero tomar café. No debería ser tan jodido.

Por último, aunque de hecho fue lo primero que hice al llegar con el café, mojé el bizcochito o galletita “de obsequio”, que en realidad viene incluida en el costo del café pero supuestamente es un plus. (Sí, dale. No me hagas cosquillas que me cago de risa.)
Al salir nos tocó estar “del otro lado de la ventana” cuando nos dijeron que no había subte y debimos caminar bajo los techos en un alocado frenesí bajo la lluvia, misma que había mayormente había pasado pero seguía molestándonos con su incesante goteo.
Nos vimos observados por gente de un lindo hotel, que con suma comodidad nos miraba como si estuviéramos locos, exactamente de la misma forma que nosotros observábamos una hora antes a los que cruzaban Corrientes corriendo bajo la lluvia como si el agua los fuera a derretir. Es curioso cómo se dan las cosas. Te reís de la gente y terminás siendo “reído” por otros.
(Al primer vivo que me diga esa frase estúpida de que todo lo que uno hace le vuelve, lo reputeo)