Hoy, camino a encontrarme una vez más con la compañera de mi vida, decidí matar el tiempo completando algunas palabras cruzadas con un cafecito de McCafé.
Estaba en el centro y no tenía ni lápiz ni una mísera revistita de palabras cruzadas. Pequeño problema. Pasé por un quiosco y le pregunté al tipo que estaba parado al lado si tenía revistas de palabras cruzadas. Me señaló una de las puertas del quiosco, donde se alojaban unas cuántas, aunque apretadas y encimadas unas con otras. Agarré una que no parecía contener ni los malditos autodefinidos que detesto ni los estúpidos crucigramas que me pudren. Era solamente de palabras cruzadas. Una rápida ojeada me confirmó que no había otros juegos al pedo. “Ah, bárbaro”—pensé. Pregunté el precio, que resultó ser $3,10.
Antes de que el tipo se moviera hacia la caja para buscar el vuelto del billete de $5 con el que aboné, le pregunté si tendría además una lapicera o lápiz, a lo que respondió con un gesto negativo. Sin embargo, al darme el vuelto de $2, porque me había pedido 10 centavos más para hacer el vuelto redondo—cosa que me repudre de los comerciantes y por la cual casi siempre niego tener monedas que en verdad tengo y no quiero dar, la-puta-madre-que-los-parió—me dijo que a dos cuadras había una librería. Le agradecí y tras recibir mi vueltito y con revista en mano, dirigí mi pálido culo hacia la librería. (No tomo Sol en el culo, así que obviamente sigue blanquito. Supongo, bah.)
Arribé minutos más tarde, donde tras esperar unos breves momentos fui atendido por un tipo que me preguntó qué buscaba. Le dije que quería un lápiz de mina. Me mostró una primer bandeja. “¿Algo así?”—preguntó. “Mmm…”—me limité a responder, insatisfecho pero esperanzado de que lo próximo fuera mejor, cual puta ante un cliente primerizo.
La siguiente bandeja me gustó más. Tenía una serie de lápices Pilot de mina, de los cuales había uno que era exactamente el que tengo en casa, aunque a diferencia de aquél, éste no estaba bastante destruido. Agarré justo ese y lo analicé. Chequeé la goma de atrás y que tuviera alguna mina. Mientras, el tipo sacaba una última bandeja, pero yo ya había hecho mi elección y no quería saber más, cual mujer entregada ante el hombre que la enamoró. “No, no. Llevo éste. ¿Cuánto sale?”—sentencié. “Nueve”—respondió el hombre-atiende-librería. Le pagué y me retiré.
Caminé unas cuadras hacia el McCafé, donde pedí un Expresso doble. La chica-esclava-de-la-caja me preguntó si quería algo para acompañar. “No, no”—respondí. Pero luego cambié de opinión. “Una cookie”—le dije. “¿De pasas o chocolate?”—inquirió. “Eh… chocolate”—respondí. Luego dudé sobre sí hubiera sido mejor pedir la otra, para variar y porque jamás la probé. Pero no di el brazo a torcer; dije chispitas de chocolate y chispitas de chocolate iba a ser, carajo. (Soy re heavy, sí.)
Once pesitos y algunas poses después, obtuve mi bandeja, que demostró ser chica para contener todos los innecesarios platos y boludeces de acompañamiento. Me senté en una mesita cercana a la entrada, donde esperé a la compañera de mi vida mientras escuchaba música de mi iPod de la lista de reproducción “calma” y degustaba mi cafecito doble, servido en una de esas putas tazas enormes que detesto. Parecen palanganas más que tazas. Y tienen esa haza en miniatura que me desquicia. Nunca sabés cómo mierda meterle los deditos para agarrarla. (Let it go, Leo, let it go. En fin…)
Con la mísera mina que me habían dado con el lápiz, traté de completar el primer juego de palabras cruzadas, siguiendo mi técnica de poner primero las palabras de mayor cantidad de letras donde no hubiese muchas opciones y continuando desde ahí hasta completar el resto según conviniera en cada caso. En un momento la punta de la mina bajó sola, demostrándome su ínfimo tamaño. Descubrí que a diferencia de lo que siempre creí, las minas de lápiz que están cortadas y no son más que pequeñas puntas, sí pueden reutilizarse. Basta con volver a cagarlas, pero no por adelante, sino por atrás. Aparentemente de esa forma agarran como si estuvieran nuevas y enteras. Andá a saber por qué, pero eso descubrí. (Yo las cargaba por adelante para no perder tiempo, pero no agarraban bien a menos que fueran nuevas.)
Así que esperé durante un rato en esa situación de mi entera creación sintiéndome muy afortunado. Ahí estaba yo, con la camisita negra de Robins que adoro usar en días nublados porque me queda bien; tomando un expreso doble con una cookie de chocolate, haciendo palabras cruzadas como las que hacía mi abuela y de la cual heredé el gusto, escuchando la música que me llevó años elegir y almacenar hasta lograr poseerla en la forma que yo quiero y bajo mi estricto control; y esperando a mi novia, la única persona sobre la faz de la Tierra que considero mi igual. Me sentí muy afortunado, pero más aún, me sentí feliz.
(No me gusta hablar al pedo con setimentalismos boludos; por eso las pocas veces que digo algo como lo del párrado anterior quiero que quede en claro que es una ocasión especial y no algo que digo a la ligera para hacerme el sensible.)
Al rato llegó mi novia, con la cual, luego de una Coca y de escuchar cómo había logrado completar todo el juego de palabras cruzadas, nos retiramos a caminar por ahí.
PD: Café + Cookie ($11), lápiz de mina ($9) y revista de palabras cruzadas ($3,10). La Coca yo no la aboné, pero eran $5.