Como estoy entusiasmado por el comienzo de clases—¿de qué te reís? che, era en serio—le dije a mi novia de ir a ver lapiceras de colores en el centro, porque siempre tuve el gran sueño de tener una lapicera de cada color para hacer mi anotaciones. (Es un sueño frustrado de la escuela primaria que nunca concreté.)
De modo que la llevé a Lavalle y entramos a Office-no-sé-cuánto, una librería re top. Era muy amplia y tenía unas cuántas góndolas pero… ¿y las lapiceras? Bien, gracias. Muy pocas. Una selección paupérrima.
Salimos y tras caminar unos breves metros encontramos otra librería en la vereda de enfrente—aunque es una peatonal a esa altura, así que no hay vereda “de enfente” porque es todo la misma vereda, pero dejemos. En la entrada había un stand repleto de lapiceras de todos los colores del arcoiris. Lástima que eran marca Signo y no me gusta el diseño de esas lapiceras. Pero debo reconocer que los colores eran lindos. La amarilla me parecía muy clara para ser útil, pero por alguna razón me atraía. Luego vi al lado unas más caras, marca Uniball, de 9 y pico de pesos. Lindo diseño tenían, pero eran caras.
Recorrimos entonces todo el local por más de quince minutos. “¿Esas de ahí?”—preguntaba mi novia. “No, esas son feas. Mirá el diseño”—le respondía yo. “¿Y esta te gusta?”—volvía a intentar ella. “Sí, qué linda. ¿Hay otros colores?”—preguntaba yo, interesado. “Negro, azul, rojo y verde”—sentenciaba ella. “Ah, no. Son pocos. Yo debo tener más colores. Y aparte esa debe ser cara. No, no. Así no. Sigamos viendo”—concluía yo. Soy como una mina cuando compra zapatos: hinchapelotas.
Las lapiceras que yo imaginaba debían: ser atractivas en cuando a diseño, tener un buen trazo que no resultara demasiado seco ni demasiado líquido, ser económicas, ser todas parte de un mismo diseño en común pero tener al menos la tapa u otra característica en cuanto al color que las definiera bien unas de otras, no parecer baratas y proveerme con una gran variedad de colores.
Sí, ya sé, es una de esas pelotudeces con las que me obsesiono. Bueno, perdoname por vivir, soy exigente con mis lapiceras. Exijo calidad y excelencia. Sino uso una Bic pedorra de 1 peso y me la meto en el culo, total con la tinta reseca que tienen, seguro ni me mancha. (No hay término medio conmigo. O lo hacemos bien o no lo hacemos.)
Así que decepcionado una vez más, seguimos caminando. Me resultaba evidente en su carita que mi novia tenía los ovarios llenos de toda esta pesquisa “lapiceril”. “Bueno, cuando vos compres ropa y estés seis horas para probarte algo, yo no te haré drama y así estaremos a mano.”. Ese fue el acuerdo. (Igualmente ese es nuestro acuerdo tácito desde el comienzo, así que fue medio al pedo aclararlo, pienso ahora en retrospectiva.)
Resignado, noté a unos metros un local llamado “Staples”, y recordando que en inglés staples son utensilios de oficina que no logro traducir ahora, me abalancé—agarrándola a ella también, presa de la emoción—hacia el local. “¡Bueno, bueno, ya vamos a llegar, pará!”—reclamó ella.
Entramos y notamos muchas cosas que no pertenecían al ramo de la librería. Golosinas, llaveros USB, tarjetas de memoria para cel, estuches para iPods, y… Macs. Sí. Había Macs. “¡Mirá, bebé! ¡Tienen Macs!”—exclamé, presa del júbilo. “Pero veníamos por lapiceras..”—replicó ella, devolviéndome de mi sueño mojado hacia la amarga realidad en la que no tengo un mango. Seguimos hacia una esquina de góndola con lapiceras. Pero a pesar de encontrar algunas interesantes, no estaba yo conforme con lo que veía. Hasta que el atento guardia de la puerta se acercó para decirnos que arriba había otro piso de librería exclusivamente. “¡Gracias!”—exclamé, esperanzado.
Subimos y con un mar de diversidad nos encontramos. Revisé toda el área de lapiceras y encontré las Sharpie. Nunca había tenido una Sharpie, pero estaba dispuesto a probarlas. Como el local tiene la particularidad de poseer en cada góndola un bloc de papel clavado sobre la parte del título de la misma para probar las lapiceras, me dediqué a testear el trazo de algunas que me llamaron la atención.

El papel para probar las lapiceras, junto al título de la góndola.
Eran parte de un mismo diseño, tenían colores diferentes, no eran caras, y además comprobé que el trazo era de mi agrado. ¡Eran perfectas!

Las Sharpie que me gustaron.
Así que tomé nota y decidí que las compraré todas. Una de cada color. Claro, cuando tenga alrededor de $30, que es lo que me costaría, más o menos, comprarlas. Había celeste, violeta, naranja, rojo, negro, azul, y verde. Re bien.
Al menos uno de mis caprichos puede llegar a ser satisfecho con unos pocos pesos. Espero que ningún sorete vaya ahora a comprarlas todas.