Como terminé pronto con el tema del chequeo de las lentes de contacto, decidí aprovechar e ir caminando por Florida.
Entré al nuevo local de Falabella que está emplazado donde antes estuviera DROMO.
(Yo tengo la manía de decir DROMO a los gritos. “Voy a ¡¡¡DROOOMO!!!” No sé cómo se originó. El nombre me inspira a gritar.)
Este nuevo local tiene un enfoque cool: tecnología + ropa de hombres. Una combinación ganadora.
Me acerqué a un falabella-boy y le pregunté si había Macs. Me encantó su respuesta: “Sí, ahí tenés Macs en esa mesa de allá.”
Wow. Hermoso. Había cinco Macs en una mesa particular. Las portátiles blancas que me gustan a mí (Macbooks) y las plateadas que también me gustan pero son demasiado grandes (Macbook Pros).
No se podían usar, solamente admirar. Qué estupidez. Si las prendieran y la gente las viera la cosa tendría más onda. Las PC con Windows Vista las prenden, las Mac no.
¿Son pelotudos o se hacen?
Igualmente los precios… mamma mía, los precios. La Macbook más económica costaba 6000 mangos. Y estoy seguro que no son las nuevas que Apple sacó hace un mes.
Seguramente son los requechos que les quedaron de la versión anterior.
Como siempre, en este país pretender conseguir una Mac a buen precio es un trabajo de tiempo completo.
Me adentré en el primer piso. Había más tech. Pero vi vendedores paraditos esperando. “Uy, no. Me van a querer hablar. Chau.”
Me fuí al segundo piso. Ropa.
Apenas llegué vi unas remeras de Puma. Jamás compré ropa de Puma, más que nada por su onda deportiva, pero últimamente estuve viendo que además de la basura deportiva tienen ropa atractiva.
Me probé un par de remeras pero nada me conmovió en demasía. Y el precio tampoco ayudaba. $84. (Más te vale que cada filamento de esa remera fuera de la más pristina tela concebida en la historia del hombre.)
Comencé mi descenso hacia la salida.
Descendí al segundo piso por el otro lado y noté que había un mini local de The Coffee Store.
Pedí un cafecito. Era casi tan amargo como la vida cuando la persona que amás te deja. (Si podés imaginar eso.)
En vez de sobrecitos de azúcar, el local disponía de los tubitos de papel que equivalen a una cucharada de azúcar cada uno.
Le puse tres de azúcar. Seguía amargo. “¿Pero qué carajo tiene esto?”
A cagar, le empecé a poner edulcorante. Uno. Estaba mejor, pero aún no. Agregué otro. ¡Ahora sí! A punto.
Luego de tres de azúcar y dos de edulcorante lo logré. Mierda, qué fuerte. Yo no quiero un café abrasivo. No estoy en búsqueda del nuevo solvente universal. Solamente quiero degustar un delicado café.
La próxima vez lo pido con crema.