Qué día más al pedo.
Como mi novia está estudiando para sus parciales, decidí salir a caminar solo, y ver de paso si encontraba una copia impresa de Fundación, de Isaac Asimov. (Porque me lo bajé en PDF pero tengo los huevos a punto nieve de leer en pantalla algo que se disfruta como un medio físico: un libro.)
Así que fui al Parque Rivadavia, o Parque Rivas, como le digo yo. Y nada encontré. Sarnoso puesto tras sarnoso puesto. Nada encontré. “No, no lo tengo. Antes estaba. Ahora ya no lo tengo más.” “No, no. Tengo la segunda parte de Fundación, pero la primera ya no.” “¿Quién? Ah! Asimov! No, no, no, nada. No me quedó nada.” “¿Capo? ¿Juegos de PC?”
Nada. Un desastre. Cada vez que salgo del puto Parque Rivadavia me pregunto para qué carajo fui. Siempre fue así. Tienen de todo. Salvo lo que vos querés, de todo. A mí nunca me han servido para nada. La puta madre que los parió. (Y no me hagas hablar de los maniáticos, enfermos y adolescentes descerebrados que frecuentan ese lugar. En serio. No me hagas hablar.)
Me subí nuevamente al subte tras cargar 10 pesitos en la Monedero, y llegué hasta Congreso. Donde mi paciencia alcanzó masa crítica y decidí bajarme. Caminé hasta Corrientes. Caminé por Corrientes. Entré a todas las putas librerías que encontré. Nadie tenía Fundación de Asimov.
“Tengo la segunda parte.” “Tengo Los límites de la Fundación.” “No, no, seguro que no lo tengo, pero dejame ver en el sistema así te confirmo.” “¡Sí, creo que sí!” y yo pensaba “mentira, ahora seguro me decís que no”. Y dicho y hecho: “ay, disculpame, no lo tengo, pensé que sí”. No hay problema. Yo ya sabía que no lo tenías antes de entrar a tu negocio y enterarme de tu burda existencia. Yo ya lo sabía porque viví la misma escena durante una hora a lo largo de toda la puta calle Corrientes. (Desde Callao.)
No faltó el negrito que me ofreció el infaltable papelito con las putas. Se fue demasiado pronto porque planeaba decirle: “ya cojo, gracias” como he hecho en alguna ocasión anterior. (Bah, cuando no tenía novia tampoco los agarraba. Siempre me pareció algo tan deprimente pagar por sexo. Tan bajo y desesperado. Hacete una paja y chau. Total es lo mismo si tenemos en cuenta que a la puta no le interesa tu vida, tal como a tu mano. Incluso me atrevo a decir que a tu mano le importás más.)
Finalmente caminé por Lavalle, crucé Florida con el infaltable espectáculo pedorro callejero donde había un pelotudo en pecho a los gritos. Siempre lo mismo. ¿Alguna vez podré cruzar Lavalle y Florida sin sentir vergüenza ajena? No, ¿no? No. No sé ni para qué carajo pregunto si ya sé que eso siempre será igual.
Llegué a la última cuadra que es una barranca que termina en Alem. Mitad escalones-ridículamente-hechos y mitad barranca lisa. Esa calle es algo que jamás podré entender. ¿A quién mierda se le ocurre hacer estos escalones tan alargados? Bajás un escalón y tenés que dar un paso completo antes de poder bajar otro escalón. No es escalón-escalón-escalón. Es escalón-paso-escalón-paso-escalón-paso. Es insoportable esa reputísima escalera. Quisiera agarrar al forro que la diseñó y meterle su titulito de arquitecto en el medio del culo, donde seguramente encontraría su inexistente sentido de vialidad. Maldito sea ese turro. No lo conozco, pero ya lo odio. (Otro más.)
Bajé por la línea del medio entre los escalones deformes y la barranca lisa, a modo de cordón en el aire. Fue un tanto infantil, pero me agarran esas actitudes comúnmente. Entre infantiles y violentas a veces. Como cuando la puerta del baño de la facultad se atranca y le encajo una patada que sale volando la muy hija de puta. “Ah, mirá cómo abre ahora”. (Igualmente no me considero violento. Es que el mundo me saca.)
Finalmente caminé hasta una estación de servicio próxima a Retiro y comí en el local de Full unas Lays mediterráneas (las anaranjadas, que me encantan) con un agua Eco de los andes, con gas. No sé por qué carajo tuve la idea de comprar esa mierda con gas. Sigo intentando que me guste el agua con gas y no me termina de gustar. Siempre me pasa lo mismo. El agua con gas está bárbara para tomar después del café, para que te saque el sabor a cafecito y te permita continuar con tu vida. Pero ya cuando te tenés que tragar una botella de 600cc de agua con gas… chau. No sirve. Es una cagada.
Así que puteé la última media hora de mi “merienda”, por llamarla de alguna forma, y recordé el embole que era mi soledad de hace años. Esa falta de tener alguien con quien hablar. Esa necesidad de apretarte a alguien y no tener a nadie. La verdad que estar solo es una mierda más grande que una casa. Sobre todo si encontraste alguien que te hace sentir realmente cómodo, que te hace feliz. No hay comparación. La soledad es un embole total.
Y bueno, esa fue mi tarde. Fui a Retiro, me tomé el subte y me vine a casa.
(Hola, qué hacés)