Hoy fuimos a ver Batman con mi omnipresente novia (bueno, che, estamos de vacaciones) y debo hacer algunos comentarios, porque como sabrás, tengo un culo inquieto y no me puedo callar lo que pienso.
(Por ejemplo, que no me banco a la boluda esa de Valeria Lynch. ¿Por qué siempre se ríe de todo? Está chiflada, dejame de joder. En fin…)
Lo primero: a la película le doy cuatro “leos” de un máximo de cinco. Es muy buena. Y larga, como me gusta a mí.
El actor que hace de Joker (*) es simplemente fan-tás-ti-co. Es excelente. Hay una escena que hace mierda un hospital con una bomba y justo antes de eso salta el cordón de la calle vestido de enfermera. Ese saltito que pega es muy chistoso e infantil, como el verdadero Joker de los cómics.
Mi parte favorita fue en esa escena donde toca repetidas veces el detonador con cara de “Mmm, qué raro, esto debería explotar” y luego lo logra y se va, feliz.
Otra escena que me hizo reír fue cuando luego de hacer mierda a todos los policías y al preguntarle uno de ellos: “¿Pero qué querés? ¿Cúales son tus demandas?” él respondió: “Sólo quiero hacer mi llamada”.
La película es muy larga, tanto que hasta una nenita dijo “me quiero ir”. Pero la culpa es de los boludos padres. Primero porque no es una película para chicos y segundo porque los chicos joden. Molestan. Hartan. No se deben poner chicos en un lugar cerrado por horas. Son dos cosas que no van de la mano. A ver, papis, lindos, mis amores, ¿cuándo mierda lo van a aprender? Si ustedes se quieren divertir, ¡dejen las crías en casa!
No les dá para entenderlo. Realmente sostengo que la paternidad te vuelve pelotudo.
En fin. Compramos el balde enorme de pochos que duró las mil horas de la película y nos sació. Lo logramos terminar y nos sobró un puñado que dejamos en el fondo.
Yo me llevé el balde vacío por toda la calle Lavalle, solamente porque se me dio la gana y porque planeaba ponérselo de sombrero a los negritos sucios de la otra vez, si reaparecían, como venganza. (Soy muy rencoroso. Y nunca olvido. La puta que los parió.)
Cuando volvía al leo-hogar noté que la gente me miraba con el balde de pochos vacío entre las piernas, en el subte. Me gustó esa escena. Es como cuando en una película el protagonista hace algo ridículo pero lo hace seguro de sí mismo, y entonces no te reís de él, sino con él. Yo me sentí así. Y como por supuesto soy el protagonista de todo esto llamado vida, y el universo entero ya que estamos, me sentí más especial aún.
Está bueno dejar salir esa parte extrovertida que durante años me vi obligado a guardar. Se siente bien ir por la calle Lavalle riendo con mi novia mientras un boludo que se la da de cool me viene a ofrecer un folletito y lo ignoro totalmente, sin siquiera mirarlo, como la basura que es. Creo que dijo algo por lo bajo, pero ni lo oí al muy sorete. (Otro asqueroso ser humano falso que se acerca para manguear o venderme algo y no merece ni ser visto por mis ojos.)
Me encanta. Por ahí te suena que soy un sorete, pero me siento muy bien conmigo mismo. Como no me sentí por años. Ahora estoy liberado y ya no tengo más tapujos para decir nada de lo que pienso o siento.
Qué buena película y qué linda la compañía. Valió la pena despertarse hoy, carajo.
Cuando llegué a casa, mi vieja vio el balde de pochoclo vacío y me preguntó: “¿Para qué viniste con eso?”
(*) Mal traducido: Guasón