Mientras esperaba afuera del aula de Administración para comenzar la clase de hoy, se largò fuerte la lluvia y pude verla caer en todo su esplendor en el centro del patio de la sede de la UBA.
Era preciosa. Me encanta la lluvia. El cielo oscurecido, la luz tenue, el aire fresco que te llena los pulmones –pero no fresco de frío, sino fresco por la frescura que el agua inyectó en él– la música de mi iTouch –el tema With or without you de U2 es perfecto para escuchar a todo volumen viendo la lluvia caer–, las columnas de agua, los rayos a lo lejos, los truenos que se escuchan segundos después… es hermosa la lluvia. No cambio un sólo día de lluvia por todos los días “hermosos” –para la gente común, no para mí– repletos de ese Sol pelotudo que te calcina, y ese calor de mierda que te pega la ropa a la piel, y te mete los calzones en la raja del orto. La lluvia es tan especial y particular como el día soleado nunca podrá ser.
(Sin mencionar el show de ver corretear por doquier a los incautos mientras uno está cómodamente a cubierto; eso es gratificante en sí mismo)






