Comer chocolate amargo y tomar whisky sentado en la nieve de algún paisaje en el sur.
Latest Updates: metas RSS
-
Leonardo
-
Leonardo
Quiero comer Zucaritas de verdad. Hace años que como segundas marcas.
Estoy harto.
-
Leonardo
Así como aprendí inglés de tanto ver series, leer blogs y escuchar podcasts, hoy decidí retomar mi proyecto de aprender italiano leyendo algunos blogs en tano y valiéndome de un traductor.
A ver qué aprendo.
-
Leonardo
Aprender a tocar el piano.
-
Leonardo
Surge un nuevo desafío: antes de hacerle la cruz al Danette, quiero comer en una misma comida todos los sabores, uno detrás de otro.
Deben ser tres o cuatro potecitos.
Y en caso de que no haya un total de dos o tres sabores, repetiré hasta obtener un mínimo de cuatro potes.
¿Por qué?
Porque no soporto los envases de los postres de ahora. Son todas porciones chicas. Y yo quiero porciones grandes, carajo. No soy anoréxico. Me gusta disfrutar de la comida.
Si en un pote no quedo satisfecho, empezaré a comer dos o tres. Hasta saciarme, la puta que los parió a Ser y a quién mongo sea.
¡No soy una mujer! ¡No le tengo miedo a la comida!
-
Leonardo
Ver una obra en el teatro Colón.
(Se me acaba de ocurrir. Es algo que hay que hacer en la vida)
-
Leonardo
Este año tiene que ser el año en que al fin lo haga.
Sí, este año se me tiene que dar.
¡Quiero probar las papas rejilla de Pollo Trak!
(Parece que ya comenté esto en un episodio anterior)
-
Leonardo
Tengo ganas de comer las papas rejilla de Pollo Trak.
(Qué ricas eran)
-
Leonardo
Ayer no dí muchas explicaciones sobre la nueva historia, Puerto Madero tendrá que esperar.
Todo comenzó hace como un año. Yo había ido a tomar el subte en Uruguay para ir a sentarme en mi banco habitual en Puerto Madero, frente al cartel de Nextel.
Al bajar la escalera vi a esa chica y me quedé pensando cómo encararla. De hecho, ni siquiera pensaba en eso a esa altura, solamente la estaba mirando, como quien pasa por la vidriera de Delicity y ve una porción de Lemon pie.
En fin, no voy a seguir contando porque la idea es que leas la historia. Pero sí quería agregar algunas notas sobre el trasfondo de ese momento.
Para empezar, yo nunca le dí mucha importancia a ese episodio de mi vida, porque he vivido unos cuántos similares. Algunos infructuosos y otros victoriosos. Me ha llevado no demasiado tiempo deducir que la clave no es acercarse a la persona que te atrae con un plan, sino simplemente ir con más o menos una idea de qué decir para empezar a hablar. Lo demás va cayendo sólo, si la chica quiere hablarte. En caso contrario, al menos te sacaste la duda y podés volver por donde viniste. (Yo no persigo. Mi orgullo lo impide.)
Ya me olvidé a qué iba con todo esto…
(¡Ah, sí!)
Decía.
No estaba en mis planes contar esa historia porque no me parecía lo suficientemente importante. Al mismo tiempo, seguía recordando esporádicamente a la chica del subte.
De modo que la idea de contar la historia comenzó a gestarse, pero a medida pasaba el tiempo, los detalles se volvieron más y más borrosos.
Al final decidí no escribir un carajo.
Pero cuando me encontré con la idea del concurso de las anécdotas de viajes que hizo Metrovías, pensé rápidamente qué anécdota de viaje tendría para contar. Mi mente me regaló con una acertada primera opción.
La chica del subte.
Por esa razón durante el mes de febrero y la primera mitad de marzo estuve yendo repetidas veces a mi McCafé habitual del centro.
Corregía, agregaba, borraba y tiraba ideas para contar mejor la historia. La debo haber releído fácilmente unas cuarenta veces. Quizá más.
El mayor reto fue quitar muchas cosas que le daban a la historia un cariz humorístico. Pronto me dí cuenta que yo no estaba tratando de contar nada con humor, sino mostrar de forma sincera un momento de mi vida, sin disfrazarlo con toques de humor para hacerlo más llevadero.
La verdad es que no quiero hacer de todo una historia sarcástica. A veces es propio del ambiente en el que se desarrolla la historia darle esa onda irónica, y en otras ocasiones se intenta contar algo con otro tono. Más racional. Por llamarlo de alguna forma.
Otra cosa nueva para mí fue el límite de tres páginas impuesto en las bases del concurso. Yo ahora suelo explayarme bastante en las historias. Perdí la costumbre de contar algo conciso y al punto en pocas páginas.
Más aún cuando caí en la cuenta de que aquél momento que antes me había parecido tan breve e indigno de ser escrito, al momento de ponerlo en papel se me presentaba como una tarea de proporciones escandalosas.
La historia había crecido demasiado en poco tiempo. Como esas nenitas de ocho y nueve años que ya están buscando novio y se transan a los nenes de primaria. (La futura generación de trolas.)
Varias visitas al café, canciones, episodios de “no tengo cambio” con la gente de McCafé, y frustraciones por no encontrar la forma perfecta de contar la historia se sucedieron hasta que finalmente logré terminarla.
Para entonces me sentía conforme con el producto final, pero sabía que no era perfecto. Y aún ahora, a mis ojos no lo es.
Sin embargo, esta experiencia me permitió probar nuevas cosas.
O, si querés que te lo diga como una persona de Recursos Humanos: “Esta nueva experiencia nos ha permitido embarcarnos en un proyecto conjunto que nos encamina a un florecimiento en común, donde hemos incorporado nuevas propuestas y sinergías conjuntas que nos permitirán desembocar en el próspero desarrollo de este emprendimiento”. O algo así.
(Esa gente me hace reír. Qué ganas tienen de complicarle el texto al lector y decir las cosas de la forma más asbtracta posible.)
Ahora en serio. Esta historia podría llegar a ser un punto de cambio en mi narrativa. Nada radical, pero sí lo veo como un cambio evolutivo.
Concretamente:
· No siento la necesidad de ser totalmente fiel a los hechos
· No me importa tanto si me olvido de alguna palabra que haya dicho la persona con la que hablé
· No necesito explayarme por hojas y hojas para describir una escena breve y concreta
· Siento una necesidad más fuerte de corregir incesantemente lo que escribo.Me he dado cuenta que cada corrección aumenta mucho el nivel de la producción. También me lleva muchísimo tiempo más, pero eso no es relevante.
Y habiendo dicho eso, una última cosita.
Si no fuera por esa historia —no estoy totalmente seguro— quizá no habría tomado el valor necesario para embarcarme en un nuevo proyecto literario, paralelo a mi contínuo trabajo con las historias que disfruto contar.
Estoy escribiendo una novela.
(Chan)
-
Leonardo
Sobre mi vocación y futuro.
Son pocas las charlas introductorias que disfruto, porque las demás suelen estar manchadas con la molesta pregunta: “¿Pero por qué estudiás para contador si te gusta escribir y diseñar?”
Lo voy tratar de dejar bien claro acá, una sola vez, y a cada persona que me encuentre en la vida y me haga esa pregunta o cuestione MIS decisiones en cuanto a MI vida lo redigiré a este artículo.
(Si vos llegaste hasta acá por esa razón te invito a seguir leyendo. Todo este artículo fue pensado para vos.)
Primero: por qué no diseñador web.
Porque no tengo la paciencia para aprender constantemente nuevas herramientas como Flash, JavaScript, PHP y esas delicias que cambian de la noche a la mañana. Tampoco tengo ganas de estar pendiente de quién me roba el diseño de alguna cosa o me copia el diseño de otra.
No tengo paciencia para soportar clientes que me digan que quieren un diseño hermoso pero no tienen contenido para poner en el site, o tener que estar defendiendo mi trabajo o explicando por qué un diseño en Flash cuesta tanto más que un diseño choto en HTML. No tengo ganas de lidiar con eso.
Tachemos diseñador web de la lista.
Sobre por qué no trabajar de escritor, las razones las voy a ir dando más abajo. Pero andá sabiendo que no voy a dejar de escribir, porque me encanta hacerlo.
Por qué contador
Hace años, cuando cursaba la secundaria en un colegio con orientación contable, me di cuenta que la contabilidad no me molestaba. Por supuesto que tampoco me entretenía.
Seamos sinceros, ¿cuándo viste a un contador diciendo “¡esta es mi vocación! ¡yo quiero llevar los libros de una empresa! ¡es mi sueño!”?
Nunca. Y jamás lo vas a ver. Por la simple razón de que la contabilidad no es divertida.
Pero, si no te apasiona algo no significa que lo odies. Y si no lo odiás no significa que te apasione. La ausencia de una emoción no implica la presencia de la emoción opuesta. (Qué linda frase, la voy a anotar.)
Puede haber un punto medio.
Ese punto de toleración donde decís: “Seeh, la verdad que no la paso mal. No es un parque de diversiones pero tampoco es un velorio. Estoy bien.”
Y chau, seguís adelante con tu vida.
Además, consideremos el aspecto económico.
Soy sincero conmigo mismo: yo no quiero vivir de ideales. Soy materialista. No vivo en una nube de marihuana, soñando con un mundo mejor. Sería perder el tiempo.
Aprecio la belleza de las cosas que me rodean. Y esas cosas bellas que me hacen feliz o contribuyen a mi nivel de toleración de la vida cuestan guita. No caen de arriba, hay que pagarlas.
Entonces, asumiendo que como contador tendré una mayor oferta de laburo y podré sacar provecho del título, las probabilidades de tener un buen pasar económico son mayores que las de un escritor o diseñador web.
Y en consecuencia, con ese sueldito de contador podré quizás algún día comprar esa Mac con la que vengo rompiendo las pelotas hace años, y finalmente escribir esa novela que tanto quiero escribir.
Quiero que quede claro este concepto central: yo no vivo para trabajar. Trabajo para vivir. Yo trabajo para obtener los medios de expresarme. Trabajo para pagar la luz y el gas, comprar la Macbook y hacer ese viaje al Sur que siempre quise hacer.
No lo hago por amor a la contabilidad, porque no lo tengo. No me interesa la contabilidad. Pero tampoco la odio. Y es por eso que la utilizaré como un medio para lograr lo que quiero.
Otra cosa: yo no abandono las cosas que empiezo. (Las importantes.)
¿Cuántas clases pelotudas de Sociología me tuve que comer? ¿Cuántos debates de gente sin autoestima me tuve que bancar en cada clase de Historia, sólo porque siempre hay algún boludo que tiene que acotar algo en vez de quedarse callado y dejar hablar al profesor para que termine pronto y nos podamos ir?
Yo no me banqué todas esas putas clases de análisis matemático repletas de embolantes temas que jamás aplicaré en ningún aspecto de mi vida para decir “uy, no, mejor no, tiro todo por la borda y cambio de carrera.”
Andá a cagar. No voy a hacer eso.
¿Cuántos años de mi vida invertí en esta carrera de contador? ¿Vos creés que a mí me divierte eso? ¿Que yo tengo buenos recuerdos sobre la experiencia? No. Para nada. Es detestable ese puto CBC que está hecho para filtrar gente. Es una condena.
Pero es mi condena, y yo elegí vivirla, porque es el camino para alcanzar mis metas.
No voy a tirar a la basura todo el tiempo invertido, porque sería como haber vivido al pedo los últimos años. Y como no va a bajar Dios para devolvérmelos, tengo que seguir con esta carrera hasta el dichoso día en que la UBA me dé mi título, para que no haya sido todo en vano.
¡Pero no vas a ser feliz!
Siempre me salen con eso de ser feliz.
Para que quede claro: yo no creo en la felicidad eterna e imperecedera.
Para mí la felicidad dura un tiempo, y luego te acostumbrás a aquello que te hace feliz, seguís con tu vida bajo un estado de conformismo y terminás buscando la felicidad de nuevas formas.
Si siendo contador no soy infeliz y me pagan bien, listo. Ya está. Ya la hice. Lo importante es no ser infeliz. Si no soy infeliz, voy a estar bien. Y la contabilidad no me hace infeliz. De modo que asumir que no seré infeliz siendo contador es bastante correcto.
Aparte, no busco la felicidad en el trabajo. La felicidad la busco en otras cosas más importantes. En un cuadro, en una película, en el amor de una mujer, en un proyecto, en algo que escribo, en una canción que me inspira, en degustar un delicado café mirando el mar, en viajar, en analizar algún aspecto de la vida y encontrar una respuesta, etc.
La felicidad no es un estado eterno, y no va a haber una sola cosa que me haga feliz.
Esa es mi opinión. Si tenés otra, me alegro por vos.
¡Pero no todos los contadores ganan bien, muchos se mueren de hambre!
Y muchos manejan un Audi. Y si empezamos a ver la proporción de cuántos diseñadores web o escritores ganan bien comparados al porcentaje de contadores que ganan bien, me parece que los contadores ganan por amplio margen.
Además de que tienen un título universitario, cosa que si sos diseñador web o escritor, te la debo.
¡Pero esa no es tu vocación!
No, no lo es. Yo adoro escribir.
Me apasiona y encanta hacerlo. Escribir me hace feliz, o me pone triste, dependiendo de aquello que esté contando. Pero de cualquier forma, lo siento cerca de mí. Ya sea contando mis aventuras por la vida o creando personajes ficticios. (En un proyecto nuevo del que no hablé aún.)
Pero no planeo pagar la luz y el gas siendo escritor. Porque soy realista y creo que si contara con eso, me moriría de hambre.
Entonces que quede claro algo: lo que yo planeo para mi futuro ya fue pensado detenidamente y orquestado con antelación. No soy un pendejito improvisado sin capacidad de previsión. No voy a la deriva, tengo un plan. Me está llevando tiempo, lo admito, pero lo estoy haciendo.
Y quizá cambie, porque suelo hacer grandes planes y tirarlos a la basura, pero ese es mi problema. Y es mi vida.
El plan es seguir escribiendo y diseñando, pero laburar de contador. Punto.
-
Leonardo
Vestirme en Armani.
-
Leonardo
Hacer un crucero o simplemente viajar en barco.
-
Leonardo
Viajar en avión.
(Al Sur, o a Italia)
-
Leonardo
Plantar un árbol frutal. Cerezo o cafeto.
(No soporto los árboles que no sirven para nada. Ergo: los que no tienen frutos)
-
Leonardo
Beber una copa de delicado coñac dulce y añejo mirando el mar.
-
Leonardo
Vivir al menos cien años.
-
Leonardo
Escribir una novela.
-
Leonardo
Aprender a skiar.
-
Leonardo
Viajar al Sur.
(Neuquén, Río Negro, Tierra del fuego.)
-
Leonardo
Leer al menos cinco libros durante el 2008.
-
Leonardo
Terminar el puto CBC.
-
Leonardo
Tener una Mac, comprada o donada, no importa el medio. (Y no, no voy a robarla.)
-
Leonardo
Aprender italiano.