Ayer no dà muchas explicaciones sobre la nueva historia, Puerto Madero tendrá que esperar.
Todo comenzó hace como un año. Yo habÃa ido a tomar el subte en Uruguay para ir a sentarme en mi banco habitual en Puerto Madero, frente al cartel de Nextel.
Al bajar la escalera vi a esa chica y me quedé pensando cómo encararla. De hecho, ni siquiera pensaba en eso a esa altura, solamente la estaba mirando, como quien pasa por la vidriera de Delicity y ve una porción de Lemon pie.
En fin, no voy a seguir contando porque la idea es que leas la historia. Pero sà querÃa agregar algunas notas sobre el trasfondo de ese momento.
Para empezar, yo nunca le dà mucha importancia a ese episodio de mi vida, porque he vivido unos cuántos similares. Algunos infructuosos y otros victoriosos. Me ha llevado no demasiado tiempo deducir que la clave no es acercarse a la persona que te atrae con un plan, sino simplemente ir con más o menos una idea de qué decir para empezar a hablar. Lo demás va cayendo sólo, si la chica quiere hablarte. En caso contrario, al menos te sacaste la duda y podés volver por donde viniste. (Yo no persigo. Mi orgullo lo impide.)
Ya me olvidé a qué iba con todo esto…
(¡Ah, sÃ!)
DecÃa.
No estaba en mis planes contar esa historia porque no me parecÃa lo suficientemente importante. Al mismo tiempo, seguÃa recordando esporádicamente a la chica del subte.
De modo que la idea de contar la historia comenzó a gestarse, pero a medida pasaba el tiempo, los detalles se volvieron más y más borrosos.
Al final decidà no escribir un carajo.
Pero cuando me encontré con la idea del concurso de las anécdotas de viajes que hizo MetrovÃas, pensé rápidamente qué anécdota de viaje tendrÃa para contar. Mi mente me regaló con una acertada primera opción.
La chica del subte.
Por esa razón durante el mes de febrero y la primera mitad de marzo estuve yendo repetidas veces a mi McCafé habitual del centro.
CorregÃa, agregaba, borraba y tiraba ideas para contar mejor la historia. La debo haber releÃdo fácilmente unas cuarenta veces. Quizá más.
El mayor reto fue quitar muchas cosas que le daban a la historia un cariz humorÃstico. Pronto me dà cuenta que yo no estaba tratando de contar nada con humor, sino mostrar de forma sincera un momento de mi vida, sin disfrazarlo con toques de humor para hacerlo más llevadero.
La verdad es que no quiero hacer de todo una historia sarcástica. A veces es propio del ambiente en el que se desarrolla la historia darle esa onda irónica, y en otras ocasiones se intenta contar algo con otro tono. Más racional. Por llamarlo de alguna forma.
Otra cosa nueva para mà fue el lÃmite de tres páginas impuesto en las bases del concurso. Yo ahora suelo explayarme bastante en las historias. Perdà la costumbre de contar algo conciso y al punto en pocas páginas.
Más aún cuando caà en la cuenta de que aquél momento que antes me habÃa parecido tan breve e indigno de ser escrito, al momento de ponerlo en papel se me presentaba como una tarea de proporciones escandalosas.
La historia habÃa crecido demasiado en poco tiempo. Como esas nenitas de ocho y nueve años que ya están buscando novio y se transan a los nenes de primaria. (La futura generación de trolas.)
Varias visitas al café, canciones, episodios de “no tengo cambio” con la gente de McCafé, y frustraciones por no encontrar la forma perfecta de contar la historia se sucedieron hasta que finalmente logré terminarla.
Para entonces me sentÃa conforme con el producto final, pero sabÃa que no era perfecto. Y aún ahora, a mis ojos no lo es.
Sin embargo, esta experiencia me permitió probar nuevas cosas.
O, si querés que te lo diga como una persona de Recursos Humanos: “Esta nueva experiencia nos ha permitido embarcarnos en un proyecto conjunto que nos encamina a un florecimiento en común, donde hemos incorporado nuevas propuestas y sinergÃas conjuntas que nos permitirán desembocar en el próspero desarrollo de este emprendimiento”. O algo asÃ.
(Esa gente me hace reÃr. Qué ganas tienen de complicarle el texto al lector y decir las cosas de la forma más asbtracta posible.)
Ahora en serio. Esta historia podrÃa llegar a ser un punto de cambio en mi narrativa. Nada radical, pero sà lo veo como un cambio evolutivo.
Concretamente:
· No siento la necesidad de ser totalmente fiel a los hechos
· No me importa tanto si me olvido de alguna palabra que haya dicho la persona con la que hablé
· No necesito explayarme por hojas y hojas para describir una escena breve y concreta
· Siento una necesidad más fuerte de corregir incesantemente lo que escribo.
Me he dado cuenta que cada corrección aumenta mucho el nivel de la producción. También me lleva muchÃsimo tiempo más, pero eso no es relevante.
Y habiendo dicho eso, una última cosita.
Si no fuera por esa historia —no estoy totalmente seguro— quizá no habrÃa tomado el valor necesario para embarcarme en un nuevo proyecto literario, paralelo a mi contÃnuo trabajo con las historias que disfruto contar.
Estoy escribiendo una novela.
(Chan)