Fui a ver si había cambiado la fecha del parcial de Análisis.
Cuando llegué al aula había ya empezado la clase. Habré llegado quince o veinte minutos después. Quizá más. Antes de abrir esa fea puerta de madera pude escuchar a una de las profesoras dando la clase. Y por el volumen de la voz deduje que estaría parada justo al costado de la puerta.
Cuando empujé la fea puerta me recibieron todos esos ojos. Escrutiniando cada poro de mi piel, cada hebra de mi ropa y cada gesto de mi cara. Sin darle ninguna bola a la profesora, caminé al fondo del aula y me senté en la última fila. Recuerdo que cuando iba al colegio primario siempre tenía que sentarme adelante de todo porque no veía una mierda, debido a mi gran miopía. Ahora me siento atrás de todo siempre que puedo, para darme el gusto.
Un par de turras se dieron vuelta para echarme ojo. “Qué sutiles son algunas”—pensé. La profesora también me miró como quien no sabe a qué atenerse. Mientras tanto yo me quité el iPod y lo enrollé en sí mismo. (Adoro esa característica del Shuffle.) Observé a la profesora dando su clase magistral durante unos minutos. Cometiendo errores y diciendo cada dos por tres cosas como “no copien! mírenme! que se tienen que acordar de esto!” y las mismas boludeces que he escuchado cientos de veces antes.
A todo esto yo ni había sacado las cosas. Estaba sentado atrás de todo, con el morral rojo sobre el asiento de al lado, observando toda esta escena desde afuera. Digo desde afuera porque una vez más, me sentí parte de otro plano, de otra cosa que no era esa pero se superponía a esa. Yo estaba ahí, pero miraba y observaba a la gente como quien mira las hormiguitas cargar hojas camino al hormiguero. Uno está ahí al lado, pero la forma de actuar y pensar es diferente tanto para las hormigas como para uno. Acá era igual.
Muchos copiaban desesperadamente, como si eso les fuera a servir en el parcial. Otros intercambiaban sus preguntas y boludeces aledañas a la materia. Era un pequeño circo que me entretenía ver y diseccionar lentamente. Grupo a grupo. Persona a persona. Todos tenían una particularidad. Un gesto, rasgo, tono de voz, lenguaje corporal o reacción particular.
En un momento la profesora fue interrumpida por su celular y mientras respondía la llamada nos dijo que podíamos copiar el ejercicio del pizarrón. Ni me digné. Porque ya cursé la materia y encima estoy algo atrasado, así que te imaginarás que si estoy intentando entender lo anterior, ni ganas tengo de tratar de entender un ejercicio particular de algo que aún no llegué a ver con las prácticas. Dejame de joder, tesoro.
Aproveché esta pausa general para pararme y preguntarle a una chica con cero estilo—era tan femenina como un pedo—cuál era la fecha del parcial. Yo la sabía, pero quería corroborar si la habrían cambiado, porque como no voy a clases, no me entero de esos pormenores. La chica ni sabía. Con mucha inseguridad me dijo que según ella el parcial era dos días después de la fecha que tenía yo. “¿Lo habrán corrido? Ojalá!”—pensé. Le agradecí a la pobre víctima del mal gusto, volviendo a mi lugar.
Una de las chicas de la fila de adelante me escuchó y se dio vuelta, mirando de manera sutil. “Te vi, hija de puta! Te vi!”—pensé. (Me venís a mirar de reojo a mí. Me doy cuenta, turra.)
Luego la profesora terminó el ejercicio con una de esas explicaciones que debo haber presenciado decenas de veces. Lo curioso es que casi nunca he visto que en una clase expliquen algo que no haya visto antes. Pero al estudiar por mi cuenta descubro muchas cosas que jamás había visto. Sin embargo cuando voy, siempre están explicando las mismas cosas. Casi parece orquestado. (A veces creo que mi vida es como The Truman Show, donde todos son actores.)
Al terminar esta explicación fue a los bancos de cada uno de los que tenía dudas particulares. Siempre me emocionó esa gente con montones de dudas. Les fascina omitir la acción más básica de pensar por sí mismos. Yo entiendo que uno no puede saber todo. Todos tenemos dudas. Pero hay gente que DEBE preguntar cada pelotudés imaginable, porque es tanta la inseguridad que tienen que todo los aterra. “Ay, y si paso el 2 restando, qué pasa? Se puede hacer así?” ¡HACELO Y FIJATE, PELOTUDA! Todo preguntan. Todo. Falta que busquen un tutorial para cagar. “¿Primero me bajo los pantalones o eso viene después? Ay! No sé!”. (Me dan ganas de ahorcarlos.)
En una de esas pasadas que hacía la profesora, se acercó en forma muy poco sutil hasta donde yo estaba. Me miraba como queriendo preguntarme algo. Y queriendo ver qué tenía entre las manos. (En ese entonces yo había sacado un resumen y estaba fingiendo que lo leía para hacer tiempo.)
Después de todo, había ido para preguntar lo del parcial. No estaba en mis planes comerme toda una clase repleta de mogólicos con preguntas pelotudas y temas que yo no había visto aún. Te la regalo, gracias. Entonces—y al ver a la profesora acercarse—me di cuenta.
“Ella sabe la fecha. Le pregunto a ella y listo”—me dije. Le hice un gesto a la mujer y con tono de alumno aplicado pregunté: “Disculpe, ¿la fecha del parcial es el 8 o el 10? Porque yo no vengo hace mucho y quería ver si la habían cambiado.” Ella me atajó con otra pregunta, que era—seguramente—la que me quería hacer apenas me vio entrar: “¿Vos cursás acá?”. “Sí, pero vine a la primer clase nada más. Porque ya la cursé. Solamente quiero saber cuándo es el parcial”. “Ah, bueno. No sé cuál es la fecha, a ver…”—dijo, volviéndose a la otra profesora, más delgada, seria, malhumorada y hastiada de la vida. A esa pobre víctima de la matemática le gritó: “¡¿Me decís la fecha del parcial?!”. Estaba jodida la preguntita.
Desde el frente del aula respondió: “el 8!”. “Bueno, gracias”—me limité a decirle a la profesora que tenía al lado. (Ni idea de cómo se llama, por cierto.)
Al retirarme me vio una ex-compañera de otras cursadas anteriores. O, como digo yo, “otra sobreviviente de la máquina de picar carne que es la UBA”. Me acerqué para saludarla y ver qué contaba. Estaba más atrasada que yo con las prácticas. (Uno se reanima cuando hay gente que está peor. Sirve para pensar “bueno, al menos no estoy tan mal”.)
Hablamos menos de un párrafo cuando la profesora se acercó y con ese tonito típico de profesora nos dijo: “Acá no es para hacer sociales, hablen en otra parte” o algo así. Y esto me enferma, porque me pasa siempre a mí. Cuando yo tengo que estudiar todo el mundo grita y patalea a mi alrededor, pero nadie les dice nada. Ahora, el puto día que a mí se me ocurre hablar con otro ser humano, ah, no. Tabú. Ni se te ocurra. ¿Cómo osé hablar? ¡Vade retro, Satanás! Todo mal.
Me despedí de la vieja compañera de viejas batallas y encaminé a la salida. Pude sentir a mi espalda una docena de miradas punzantes. Todas gritando al únisono el mismo pensamiento: “Ya se va? Pero si entró hace un rato”. Y creo que hasta escuché a alguien bufando o sentí algo referido a eso. Sin hacerme mucho problema—porque total la gente es una mierda y nos vamos a morir todos algún día—me retiré con la información que quería.
(Y pensar que en una semana tengo que volver a ese antro)